Ayer amanecí sin voz

Ayer amanecí sin voz. No podía ni decir hola a los niños cuando entraban a la casita. ¿Cómo creéis que reaccionaron?

Para mi fue un aprendizaje muy significativo. Al principio estaban asustados, no sabían ni siquiera si entrar o no, se quedaban en la puerta. Desde el primer segundo se dieron cuenta de que había algo distinto en el ambiente. Les recibo de uno en uno, y así fueron pasando al espacio. Hasta que llegó mi compañera la mañana transcurrió en silencio, con movimientos lentos. Los niños entraban al ambiente y buscaban algo con lo que trabajar, lo llevaban a su mesa o desenrollaban un tapete para colocarlo en el suelo, o bien iban al área de movimiento, pero siempre despacio.

A veces venían donde yo estaba (pude sentarme en una silla a observarles) y permanecían en silencio sentados a mi lado. Otras veces observaban sin hacer nada. Hubo momentos de mucha concentración en sus actividades. Un simple hecho por parte del adulto, dejar de usar la palabra, cambió toda la dinámica del grupo.

Cuando entró mi compañera y dio los buenos días fue la primera vez que los niños la recibieron dentro, sin salir corriendo a la puerta a ver quien era, sino que permanecieron en sus actividades y le saludaron con una sonrisa. No necesitaron oír “hablad más bajo”, “caminad despacio”, “buscad una actividad”, “saludad”… Y parecían agradecidos por la calma que les sorprendió ese día. Pronto vinieron a sustituirme porque necesitaba reposo, y me fui a casa.

No he parado de pensar en el poder que tenemos como adultos que somos ejemplo para los niños, y la cantidad de acciones superfluas que hacemos al día, innecesarias y a veces paradójicas, y que ellos repiten. Cualquier cambio que queramos ver en ellos sólo puede originarse en un cambio en nosotros, y no en una petición verbal de cambio. Ellos comprenden antes nuestras acciones que nuestras palabras, y las repiten, porque la comprensión les lleva al amor, y el amor nos hace querer ser lo que amamos.


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